martes, 9 de enero de 2018

Lluvia, insatisfacción y muñecos de barro

Hay días grises en esta vida. Días en los que las nubes que cubren el cielo solo son un reflejo de la tormenta que estalla dentro de ti. Las emociones son así; a veces despiertan sin motivo alguno para librar su batalla por controlar tu alma. Y, al igual que una repentina ráfaga de viento, te sientes inquieto. Inestable.

Frágil...

Ayer tuve uno de esos días. Uno de esos en los que no te sientes ni alegre ni triste, ni sereno ni furioso, sino, sencillamente, insatisfecho. Una parte de mí, esa parte que procuro alimentar con frecuencia, intentaba devolverme mi buen humor recordándome que uno solo encuentra lo que lleva consigo, y que cada segundo que pasa es tan preciado como la muestra de oro más pura de la tierra.

Desgraciadamente, ayer mis demonios eran más fuertes que yo mismo, así que se las arreglaron para mantener mi espíritu intranquilo. Incluso hubo un momento en el que formulé la gran pregunta sin respuesta, el doloroso enigma que ha torturado a la humanidad desde que el primer hombre merecedor de tal título empezó a pensar: ¿qué sentido tiene lo que estoy haciendo? ¿Tiene algún sentido? ¿Lo tiene vivir?

Aunque nunca me he considerado a mí mismo una persona filosófica, la verdad es que acostumbro a preguntarme estas y otras cuestiones igual de perturbadoras desde que era un crío. Siempre he querido saber qué hay más allá de lo visible, de lo perceptible, y quizá por eso esté condenado a la guerra interior que mencionaba antes. La paz interior, si es que existe algo así, no parece formar parte de mi destino.

Con todo y con eso, la depresión no es el único efecto que la lluvia tiene sobre mí. Las lágrimas de Dios también me hacen pensar en la belleza de las cosas ensombrecidas, en ese misterioso prodigio por el cual la oscuridad siempre precede a la luz de igual forma que la muerte solo puede anunciar la vida. Cada tormenta que rasga en dos el cielo es el heraldo de un sol que brillará con más fuerza que nunca. Cada trueno que golpea nuestros oídos prepara el terreno para los pájaros que habrán de cantar cuando amaine el temporal.

Ayer tuve un mal día, para qué negarlo... Sin embargo, hoy sigue lloviendo y mi corazón sonríe. Puede que sea porque el agua, eterno regalo de la madre tierra, tiene esa capacidad de arrastrar la inmundicia que tiende a acumularse en los rincones más oscuros de la conciencia. A fin de cuentas, ahora la ciudad está más limpia. El aire se ha perfumado con la fragancia de la tierra húmeda, un olor que me recuerda el polvo al que algún día tendremos que volver.

Ahora que lo pienso, fuimos creados del barro, según las escrituras... Podríamos haber nacido del fuego o del aire, pero lo hicimos de la tierra y del agua. Podríamos haber sido como los genios o los silfos, pero somos como el barro. Barro que alimenta a los seres más longevos de la creación, barro que se convierte en tinaja bajo las manos del alfarero. Somo la sustancia más miserable de la creación, pero que da vida y que puede convertirse en piedra con paciencia y calor.

¿Cómo puedo seguir dudando al pensar en semejante potencial? Ayer tuve un mal día y eso ya no se puede cambiar; afortunadamente, el futuro sigue en nuestras manos, ya que somos, a un tiempo, arcilla y alfarero.

lunes, 1 de enero de 2018

¡Apasionante 2018!

He pensado que sería buena idea escribir una entrada para felicitaros por la llegada de 2018, pero me parece que eso de "feliz año nuevo" ya está muy trillado... y no lo digo porque crea que la felicidad es una utopía (que no lo es) sino porque, para llegar hasta ella, primero hay que ponerse frente al espejo y preguntarse a uno mismo qué es lo que desea.

A mí, por ejemplo, me gustaría empezar a meditar cada día. Querría dedicarle cada vez más tiempo a la pintura, que es mi otra gran afición. Y, tal vez, hasta cambiar de piso... ¡qué diablos! Lo que más deseo en este momento es irme a vivir con mi pareja, aunque eso es algo que no depende solo de mí.

Puede que estos propósitos de año nuevo parezcan bastante prosaicos, pero todos ellos tienen algo en común: me apasionan.

La idea de empezar a practicar algo nuevo me produce ese incómodo cosquilleo que, al mismo tiempo, te empuja a salir de la zona de confort. Pintar me hace sentir vivo, me permite contar historias y me hace creer que estoy dándole forma a una especie de legado personal, cosa que por supuesto también me apasiona. Mudarse siempre da un poquito de pereza, pero probablemente ya vaya siendo hora de encontrar un sitio en donde quepan mis casi dos metros de estatura. Por último, y más importante, está el amor, esa emoción que impulsa todos y cada uno de los actos del ser humano. ¿Podría haber algo que me apasionase más que eso?

Lo que quiero decir con toda esta verborrea es que me entristece la idea de que los buenos deseos y las felicitaciones de año nuevo se queden únicamente en meras palabras. Una vez más, tenemos ante nosotros la oportunidad de corregir nuestros errores, de encarrilar nuestra vida dándole un sentido. ¿Por qué desaprovecharla?

El tiempo vuela. Y vuela muuuy deprisa... Cuando reflexiono sobre el ritmo al que nos empuja la sociedad de hoy, cada vez más fría, cada vez más vacía, cada vez más estéril, me aterra pensar en la posibilidad de desperdiciar los pocos años que tengo en la tierra porque, ¿sabes qué? Tenemos fecha de caducidad. Sí, exactamente igual que las latas de tomate frito que compras cada semana.

Por eso mi principal propósito de año nuevo es apasionarme por las cosas. Por el trabajo, por las cosas que haga durante mi tiempo de ocio, por el canto de los pájaros y por mis relaciones personales. Me gustaría irme a dormir cada noche con la sensación de haber exprimido hasta el último segundo del día. Solo así podré decir que he tenido un feliz 2018.

Un apasionante y feliz 2018.

sábado, 16 de diciembre de 2017

El poder de los fogones

Dicen que la autosuficiencia es uno de los componentes de la felicidad, y a mí hay pocas cosas que me hagan sentir tan autosuficiente como la cocina. Cocinar me produce una enorme sensación de poder, de independencia. Siento que todo está donde debe estar, que controlo mi destino. Y cuando pruebo el primer bocado de un plato con el que llevo toda la mañana, me invade una paz que ya querrían para sí los frailes de Guadalupe. La cocina, en resumen, me hace sentir bien.

Escribo esto porque vengo de una época en la que aún se veía raro que un hombre cocinase. Recuerdo que un año mi madre me regaló un libro de cocina por Navidad, y al profesor de Física (un mal imitador de John Keating) se le ocurrió la feliz idea de preguntarnos por ello en clase. Recuerdo las carcajadas de mis compañeros, el bochorno y la timidez. Pero también recuerdo cuando fui a Polonia, de Erasmus, y descubrí que la inmensa mayoría de mis colegas no habían tocado una sartén en su vida. Entonces empecé a intuir la importancia que tiene saber guisar.

Ahora vivo solo en Híspalis, a muchos kilómetros de mamá y en un estudio de reducidas dimensiones cuya cocina cabe dentro de un armario. Lejos de desanimarme, aquello me motivó a recuperar las lecciones de pinche aprendidas durante mi infancia. Y es que, por mucho que me gusten las hamburguesas de McDonalds, no podía vivir solo de comida basura. Estaban en juego mi salud y mi autoestima.

Dos años después de haber aterrizado, puedo alardear de que mis compañeras de trabajo me presenten como un auténtico "cocinitas". En realidad, mi repertorio se reduce a unos cuantos platos de legumbres, algún que otro risotto capaz de encender la ira del italiano más indulgente y varios experimentos con lechuga, patatas y merluza desmenuzada. Sin embargo, cada vez que enciendo la radio y agarro la cuchara de madera, me invade una mezcla de serenidad y confianza que, intuyo, se parece a lo que siente el artesano ante su obra. A fin de cuentas, ¿no se considera a la gastronomía un arte?

Me gusta cocinar. Me hace sentir bien. Me da independencia y seguridad en mí mismo. Me otorga poder. Recomiendo encarecidamente a quien quiera que esté leyendo estas líneas que se anime a vestir el delantal y combatir contra el punto de ebullición, la tabla de cortar y los ingredientes que salen disparados. Le garantizo que querrá repetir.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Divagaciones de un pintor

El modelismo es una de mis mayores aficiones. Llevo pintando miniaturas desde que era un crío, pero es ahora cuando puedo dedicarme a ello con tranquilidad, ya que por aquel entonces carecía de algo imprescindible para practicar este hobby: un salario. Y es que el modelismo, al menos el que yo practico, no es precisamente barato.

No obstante, llevo un tiempo observando las actividades en las que cada uno invierte su tiempo libre y mi conclusión es que, al final, todos gastamos más o menos la misma cantidad de dinero en hacer lo que nos gusta. Hay quien va al cine con mucha frecuencia, quien sale todos los días a tomarse un café, quien compra entradas para ver un partido de fútbol... y los locos que, como yo, compramos reproducciones en miniatura de elfos, superhéroes o personajes históricos.

Lo que a mí me parece más peligroso del modelismo no es el precio en sí, sino la obsesión. El "ansia viva". El consumismo. Cosa que, por otra parte, también afecta a cinéfilos, cafeinómanos y aficionados al deporte rey.

Tuve una epifanía hace ya muchos meses, cuando aún formaba parte de un grupo de WhatsApp en el que compartíamos nuestros proyectos de modelismo. En aquel momento estaba pintando una miniatura especialmente espectacular a la que quería dedicar el mimo que se merecía. Pues bien, cuál sería mi sorpresa al recibir un comentario de este tenor: "pintas demasiado despacio".

Y yo me pregunté... ¿despacio con respecto a qué?

Quienes me conocen saben que emprendí una cruzada contra las prisas, cruzada que no siempre es fácil. Es más, normalmente es muy difícil. Resulta extremadamente complicado mantener un talante reflexivo en un mundo que te incita a correr, a consumir, a quemar. A la hora de trabajar, admito que no me queda más remedio que asumirlo y convertirme en una máquina humana; pero el resto de mi tiempo es para vivirlo, no para dejarlo morir.

Volviendo al modelismo, debéis saber que este sector tampoco escapa del capitalismo salvaje que gobierna nuestro mundo. Cada mes salen nuevas miniaturas, asombrosas todas ellas, pero cuando descubro que hay personas capaces de comprar de forma sistemática cada novedad que pasa por delante de sus narices, tiemblo al pensar en la cantidad de dinero que se habrá gastado ese individuo. Y el problema no es el dinero.

El problema es que, con toda probabilidad, esa persona ni siquiera disfrutará lo que ha comprado. Conozco a muchos jugadores (porque también se juega con miniaturas) que acumulan vastas cantidades de modelos que ni se molestan en pintar. Pasados unos meses, sucede lo que tenía que suceder; que venden esas miniaturas, aunque solo es cuestión de tiempo que acaben comprando más.

El comentario de aquella persona, ese "pintas demasiado despacio", no me ofendió porque me atacase de forma personal, sino porque sintetizaba la sinrazón de nuestra sociedad. Una sociedad que nunca está satisfecha, que siempre necesita más y que no dedica tiempo ni amor a las cosas que le importan. Una sociedad-torbellino que se encamina, sin saberlo, a su propia destrucción.

Puede que dedicarle horas a un sola miniatura me haga un mal pintor. Puede que no haber comprado la última novedad me haga estar desfasado. Puede que comprometerme al máximo con mis objetivos, de uno en uno, me haga avanzar despacio. Pero, ¿sabéis qué? Prefiero invertir cada segundo del que dispongo creando algo que perdure, aunque solo sea en la memoria de mi círculo más íntimo, que acumular centenares de objetos inertes que no dirán ni una sola palabra de mí cuando me haya ido.

domingo, 3 de diciembre de 2017

El tiempo corre siempre a nuestro favor

¿Quién no se ha sentido nunca frustrado cuando sus padre le decían: "ya lo entenderás cuando seas mayor"? Estoy seguro de que esta debe ser una de las frases más universales y repetidas en la historia de la humanidad. El caso es que, desde algunos meses, me encuentro a mí mismo recordando esa dichosa sentencia con una mezcla de rabia y de admiración. Porque vaya si lo iba a entender, vaya...

Puedo aseguraros que me siento en el mejor momento de mi vida, amén de esos días malos que de vez en cuando tienen que acompañar a la felicidad. Trabajo, amor, amistad, aficiones... Parece que fue ayer cuando volvía del colegio con duelos de espadas sacudiendo mi imaginación pero hoy, ahora, de vuelta al presente, descubro que estoy más cerca de los treinta que de los veinte. Y que el tiempo corre sin detenerse.

Mentiría si dijese que no me arrepiento de nada, porque me arrepiento de muchísimas cosas. De algunas que hice pero, sobre todo, de otras que no hice. A pesar de todo, cuando la rutina capitalista del mundo en que vivimos me concede unos instantes para observar el paso del tiempo, no lo hago con amargura ni con tristeza, sino con la sensación de que una parte de mí, una parte muy pequeñita todavía, empieza a intuir lo que significa estar vivo.

Hace algunos años, cuando pasaba por una mala racha, un psicólogo que me cayó fatal pero que soltaba verdades como puños me dijo lo siguiente: "estamos aquí para ser felices. Ese es el único sentido de la vida. No hay ningún otro. ¿Crees que voy a quedarme quieto mientras me arrastran los avatares del destino? ¡Ni hablar! Pienso pasármelo en grande".

¿A que es fuerte?

Sí, lo sé: es muy fácil de decir. Desde luego para él parecía fácil...sin embargo, eso no significa que no sea verdad. O quizá es la mentira más grande del universo pero, sea como sea, aquellas tres o cuatro frases se me quedaron grabadas en el cerebro. Mi consciente y mi subconsciente las han estado repitiendo desde entonces, un día y otro. Y otro. Y otro más. "El sentido de la vida es ser felices".

Aquí es donde podría citar las variadas corrientes de pensamiento que existen al respecto (respecto a qué significa exactamente "felicidad") pero prefiero volver al punto de partida, a ese famoso "lo entenderás cuando seas mayor". ¿Qué es, exactamente, lo que tenemos que entender? ¿El valor del dinero? ¿La importancia de la amistad? ¿La necesidad de cuidar el amor? ¿La impermanencia de las cosas?

Lo único que hace falta entender cuando uno se hace mayor es, precisamente, lo que ya entendíamos cuando éramos niños: que el juego, la risa, la espontaneidad, la intuición y la sencillez forman parte del bello secreto de la inmortalidad, de la alegría sin fin y de la felicidad que nos hará sonreír el día en que tengamos que despedirnos del mundo.

Decía que me siento rabioso y admirado al recordar las palabras de mis padres. Rabioso porque a un hijo nunca le gusta admitir que sus padres tienen razón; admirado al comprender lo mucho que han tenido que sufrir para que yo haya llegado hasta aquí con la sonrisa con la que escribo estas líneas.

Ellos querrían que yo fuese feliz, y pienso complacerles. Porque el tiempo corre, sí, pero a nuestro favor.